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  • ¿Y en el desamor qué?

    Una mirada psicológica para entender el dolor que trae una separación, entender el proceso y encontrar una salida en la creatividad

    ​Hace unos 15 años, en medio de la desesperación y un gran vacío en el pecho, cogí una bicicleta vieja y acabada con la sutil intuición de que en ella mis penas se disiparían. Decidido a ir lo más lejos posible, me monté en ella, puse un tarro de agua y un par de bananos en una maleta pequeña, y creyendo valientemente que lo lograría, emprendí mi camino hacia San Félix. Para los que no son de Medellín: Medellín es un valle rodeado de montañas, para llegar a San Félix hay que subir la montaña completa. Era la primera vez que intentaba algo así, pero mi aventura no duró mucho. En la primera loma larga que me encontré, aún en la ciudad, sencillamente no pude más. Me tocó parar sediento y adolorido después de 15 minutos pedaleando hacia arriba. Pero lo importante fue que, durante esos minutos que intenté escalar al estilo del mejor ciclista colombiano, olvidé por completo la razón que me había puesto en semejante hazaña, que ella se había enamorado de otro.

    Así fue entonces como aprendí a montar en bicicleta. Desde aquel momento y por unos 10 años, deambulé en bicicleta por aquí y por allá buscando sentirme mejor, esto no fue la cura definitiva, pero ayudó bastante.

    Esta es una recopilación de lo que he recogido a lo largo de la vida y de la experiencia como terapeuta sobre este tema: ¿qué hacer cuando pasamos por un desamor? Puede que a ti te funcione todo, poco o mucho, no es de olvidar que al final, aunque parecidos, todos somos diferentes.

    Enfocarse en lo práctico

    Las culpas, los deseos, nuestra imaginación y sobre todo, ese profundo vacío en el pecho, impiden pensar con claridad en lo que hay que hacer. Pero lo mejor es enfocarse en los problemas prácticos, en el trabajo, en las tareas básicas de casa, en que la vida sigue. «El trabajo es enemigo de cupido» dice Ovidio en el Arte de Amar. El desamor no se supera pensando, se supera dejándote sentir lo que hay que sentir y siguiendo adelante con la vida, aunque cueste el doble o el triple. Lo práctico casi siempre nos invita a la actividad, al movimiento, a cambiar de lugar, así que lo que sigue está en pro de eso.

    Moverse mucho

    Moverse es quizás la manera más directa de afectar nuestra emocionalidad. Necesitamos disponer de mucha energía mental para mover el cuerpo, bien sea para desplazarnos o para hacer ejercicio. Esto lo llamo «fuerza atencional» la atención se va para el proceso que más fuerza atencional necesite para ejecutarse. Así es como mover el cuerpo gana la demanda de atención por encima de la emoción. Una vez que el esfuerzo físico no se hace automáticamente, toda la atención es requerida para continuar el movimiento (en el caso de la meditación por ejemplo, toda la atención es atrapada por la fuerza que se necesita para permanecer en quietud). Por esto mismo, es que las noches de encierro y quietud son tan tormentosas, y en cambio, una caminada suele ser tan tranquilizante.

    La tarea de poner la atención sobre el cuerpo, libera de esta al resto de procesos emocionales, los tranquiliza, los deja ser sin el juicio intelectual que la atención y el pensamiento pone sobre ellos. Y aquí una cosa importantísima hay que aclarar, no sufrimos por las emociones mismas, sufrimos porque hacemos un juicio negativo sobre ellas. Cuando no queremos sentir lo que naturalmente debemos sentir, no dejamos que las emociones pasen por nuestro cuerpo como lo necesitan, entorpecemos su paso haciendo el proceso más lento y doloroso.

    En conclusión, moverse se siente bien, no porque no sintamos el dolor que pasa, sino porque mantiene ocupada la atención, y así las emociones quedan libres del juicio que normalmente ponemos sobre ellas.

    En mi experiencia es muy efectivo, caminar, hacer ejercicio, estar activo. Trasladarse de un lugar a otro también tiene un impacto positivo, especialmente en el vacío que se siente en el pecho. Esto último no calma tanto el sentimiento típico de soledad, como hacer un esfuerzo físico, pero igual calma el pensamiento. Ver pasar el camino (Digamos si vas en un bus, en carro o en bicicleta) distrae suficiente la atención como para que no se repose tanto en la pérdida. Estos alivios son momentáneos, basta con que pase un segundo después de parar, para sentir otra vez el peso y la angustia. Aun así, cualquier rato de calma ayuda.

    Entonces, si es buena idea moverse, es aún mejor idea moverse hacia otros, y aquí es donde entra una parte muy importante de todo este proceso del desamor, la compañía.

    Encontrar una compañía en el dolor

    Hay una diferencia entre pasar el dolor a solas y pasarlo en compañía. Cuando el dolor se pasa en solitario, el llanto y la tristeza no son tan efectivos para tramitarlo. Entonces su paso por el cuerpo se hace lento y demorado. En cambio, cuando tenemos a alguien con quien compartir nuestro dolor, este a la vez que duele más, también se sosiega más. El dolor emocional se tramita sintiéndolo, y estar con otros ayuda mucho. La compañía, puede hacer la diferencia entre un duelo largo y tormentoso o uno doloroso pero tranquilo y fluido.

    ¿Qué tipo de compañía es la adecuada? No todas las personas resultan ser buenas compañías a la hora de sentir. Hay a quienes no les va bien escuchando y también, a quienes no les gusta escuchar. Otros que escuchan, pero no nos devuelven nada reconfortante, o incluso nos incomodan más. Los que sí nos pueden ayudar a pasar estos momentos de desamor, suelen tener unas características particulares.

    Personas por quienes sentimos mucho cariño

    Aquí encajan los viejos amores, los muy buenos amigos, amigas y familia. En los momentos de desamor resulta muy alentador ver a las personas que más queremos, aquellas que nos suscitan profundo amor o cariño. Aun en medio de semejante chaparrón, estas personas son capaces de suscitar algo de chispa en nosotros, y aunque tristes, no es raro echarse alguna sonrisa. Estas personas tienen un gran potencial, pues esa chispa que se aviva dentro de nosotros reconforta mucho, alivia y suscita un poco de calor en medio del frío en que el desamor nos deja. Estas personas, aunque no sean las mejores escuchadoras aportan bastante, aquí lo importante no es tanto lo que nos dan, sino lo que nos suscitan.

    Personas que nos escuchan sin juzgarnos

    En estas condiciones necesitamos más hablar y ser escuchados que recibir consejos. Desahogarnos, hablar de las angustias, las inseguridades, el desengaño, el dolor y el malestar en general ayuda mucho más que un «todo va a estar bien». Así que es importante estar con otros que nos dejen ser en nuestra situación, que comprendan por lo que pasamos y no intenten imponer sus ideas sobre nuestro dolor. Los escuchadores, los tranquilos y tranquilas, los que nos sostienen meramente con su presencia. Estos son aquellos que simplemente están ahí, nos dejan llorar y nos acompañan desde el sentido más básico y elemental de la compañía; no dejarnos solos.

    Los optimistas

    En esto hay una paradoja, pues si bien necesitamos dedicarnos a sentir nuestro dolor, también llega un momento en el que no nos hace bien revolcarnos más en él. Es el momento en el que, aunque tristes y adoloridos, hay que seguir. Es el momento para los otros cercanos, pero optimistas. Para los que nos invitan a salir de nuevo, a seguir la vida, a volver a las actividades que se hacían antes y a veces también nos presionan. Puede ocurrir que en algún momento necesitemos un límite a nuestro malestar para promover el movimiento, y son los más optimistas quienes son muy buenos haciendo esto. Y aunque pueden estar dispuestos a acompañarnos en nuestro sentir, también le ponen límite a él. Son los que terminan diciendo «bueno, ya no más encierro, vamos a dar una vuelta».

    Los extraños o no tan cercanos

    A veces hasta un equipo entero de rugby subacuático viene bien. Pasaba uno de tantos desamores, cuando una amiga muy querida me invitó a una fiesta de cumpleaños. Se trataba de la fiesta para una de sus compañeras del equipo de rugby subacuático. No recuerdo bien cómo llegué a aceptar semejante invitación, pues siendo bastante tímido e introvertido, un equipo de rugby, aún hoy, me resulta absolutamente abrumador. Lo cierto es que terminé en un sofá en medio de la noche contándole mi desgracia a un grupo de jugadores y jugadoras que seguramente se solidarizaron con mi sufrimiento. En medio de una fiesta, posiblemente ese momento no se extendió mucho, pero lo he recordado toda mi vida. Hoy después de casi 15 años, puedo decir que fue uno de los momentos más recordados de mi vida.

    La soledad

    Aunque la compañía sea algo muy importante, nos alivie, reconforte y anime tanto a seguir, el sentimiento desamoroso también necesita una dosis de soledad. A veces el dolor lo pide, necesitamos sentirnos tan mal como podamos, y esto no siempre es posible con otros. Así que esta vieja compañera también tiene su lugar en todo esto. Entre la soledad y la compañía se entreteje una alianza necesaria. Estar solos es también importante, pues el dolor a veces es tan íntimo y profundo que se hace difícil compartirlo con otro. Algunas veces, solo somos capaces de compartirlo con la persona que nos rompió el corazón, o aquella persona de quien nos estamos alejando. Es por esto que sentimos a esta persona como la única con quien podemos compartir semejante intimidad.

    La íntima compañía amorosa: ¿Por qué duele tanto?

    Esta intimidad, esta sensación de que podemos ser profundamente lo que somos, desde lo más animal, hasta lo más delicado con otro, es una emoción muy selectiva, solo está permitida con pocos en la vida. Frecuentemente, en la ausencia de esta compinchería profunda, la vida es más difícil y hasta pierde sentido. Esta compañía es tan intensa que popularmente para referirnos a estar sin pareja decimos «estoy sola», «estoy solo». A menudo en las sesiones de terapia es importante llamar a la precisión sobre esto: «¿Estás sola o sin pareja?» pregunto con frecuencia.

    Es importante nombrar La Gran Intimidad porque esto es justo lo que superamos en un desamor, nos toca aprender de nuevo a estar «solos», sin esta gran compañía. Podría decir que la mayoría nunca aprende a estar solo en este sentido, más fácil se aprende a vivir con esa ausencia, con ese anhelo de volver a encontrarla alguna vez. Y este proceso es tan difícil, porque la esperanza de encontrar de nuevo esta gran compañía casi nunca se va. Muchos dicen que ya perdieron la esperanza, pero cuando hablamos profundamente de ello se hace evidente que el anhelo, por muy negado que este, sigue allí. Suelo decirles que es más fácil afrontar el anhelo, saber que se tiene y vivir con ello, que negarlo toda la vida.

    ¿Cuánto tiempo me sentiré así?

    Suelo decir a las personas con quien trabajo, que un desamor dura en su peor etapa, dos meses. Esta es, eso sí, una postura optimista, y por supuesto cada quien tiene su tiempo. Independientemente del tiempo, la cronología es más o menos así: Luego de esos «dos meses», típicamente las ganas de compartir con otros son más amigables. Posiblemente es más fácil salir e incorporarse a la vida, hacer las tareas cotidianas y salir con otros. El dolor se siente menos, y ese vacío en el pecho antes constante, ahora se limita a los momentos en que recordamos a quien ya no está. Eso sí, aún estamos tristes, y ahora por un gran periodo de tiempo, aparece también la nostalgia. Ahora la tristeza comienza a dejarnos tranquilos y el dolor se vuelve lejano y espontáneo, viene de vez en cuando. Ya han pasado al menos 6 meses y la vida comienza a sentirse normal otra vez… solo queda la nostalgia. Aquí aparece el aprendizaje. Quizás comenzamos a entender cuáles fueron las cosas importantes que aprendimos e incluso a recordar con algo de alegría o gratitud los buenos momentos que pasaron.

    Estar perdido ¿Y ahora qué?

    Imaginemos que la vida es una rama de un árbol. Uno estaba dedicado a su gran pasión, el baile por ejemplo, a salir con sus amigos, pero al iniciar el amor, todo eso se puso en segundo plano y una nueva rama comenzó a crecer en esa vida en pareja. Si la relación funciona por muchos años otras ramas saldrán de ella, y quizás la pasión y las amistades reverdezcan desde esa misma rama. Pero si al cabo de un tiempo la rama de la pareja muere, la sensación común es estar perdida o perdido. Esto es porque lo que era una gran rama que se sostenía alrededor de todas las otras ramas creadas en ella, desaparece. Las actividades en pareja, los amigos en pareja; los lugares que se frecuentaban ya no son lo mismo y muchas veces ya no hay razón para volver a ellos. Aquí mi sugerencia es volver al momento justo antes de la pareja, antes de que nuestra rama principal de la vida se bifurcara hacia la pareja. Esto es, volver a lo que hacíamos antes de iniciar aquella relación que ahora termina. A los amigos y amigas que no volvimos a frecuentar, a los lugares y las actividades que hacían parte de nuestra vida cotidiana en ese entonces. Así la vida, usualmente vuelve a crecer desde allí, la rama de la pareja que ya no es, muere, para darle vida a la rama de la vida que continúa.

    El acto creativo

    Y así, es como alguien termina montando en bicicleta nuevamente en la vida, pues en mi caso no fue algo realmente nuevo. Disfruté muchísimo la bicicleta cuando pequeño; era mi gran entretenimiento y el de otros 20 de la cuadra por allá a finales de los ochentas. En la vida adulta estaba olvidada, relegada a los más hippies del momento. En ese entonces, cuando la volví a considerar como alternativa, fue todo un acto creativo que me impulsó a continuar. Era de volver al pasado para crecer una nueva rama en el árbol de la vida.

    A pesar de estas ideas sobre cómo atravesar un desamor, lo más importante es comprender que cada uno de nosotros se conoce más que nadie. Lo que en últimas será más útil, es simplemente aquello que permita continuar. Ese continuar posiblemente implicará un acto creativo pues, después de un gran desamor se vuelve a nacer… y casi siempre, mejor.

    ***

    Sanar un corazón roto requiere tiempo, paciencia y, a veces, un espacio de escucha profesional. Si deseas que caminemos juntos en este proceso de duelo y reconstrucción, te invito a ponerte en contacto conmigo para agendar una sesión.

  • La dificultad para encontrar pareja

    La dificultad para encontrar pareja

    Disponible también como narración en audio. [Escuchar una muestra]


    ¿Por qué buscamos pareja?

    Nunca hemos estado solos. Desde la prehistoria, nuestra existencia y supervivencia fue posible gracias a estar con otros y, en aquel entonces, la soledad significaba morir. Vivíamos en pequeñas comunidades y dependíamos de otros para el refugio, la alimentación y la protección contra amenazas. En la actualidad, la cosa no parece ser diferente: los estudios muestran que las personas solitarias son más propensas a la enfermedad, y quienes reportan sentirse solos también han tenido vidas más cortas comparadas con las de aquellos bien acompañados. Esta es una de las conclusiones del estudio más importante que se ha hecho sobre el desarrollo humano: “The Harvard Study of Adult Development”.

    Hoy no es raro que el temor a la soledad sea uno de los más comunes. Es posible que la biología y la evolución hayan reforzado a lo largo del tiempo ese miedo a estar solos, pues en origen estaría estrechamente asociado con la inexistencia y el miedo a ella. Entonces, si estar solos está del lado de la inexistencia, y para existir hay que estar juntos, podría decirse que nos juntamos por el deseo de vivir, de mantenernos vivos, de disfrutar, de hacer la vida. Pero es claro que no solo nos juntamos para no estar solos; también nos juntamos para hacer la vida mejor.


    Existen dos soledades que combatimos fuertemente. Ambas, a la vez que causan estragos, también nos motivan hacia la búsqueda de compañía: la soledad de grupo y la soledad de pareja.

    Íntima soledad

    La soledad por la falta de pareja es una soledad particular que llamo «íntima soledad», y se da, lógicamente, por la ausencia de compañía íntima. La intimidad, cuando adultos, en el sentido más básico, es aquello que somos cuando nadie más nos ve. Esta intimidad no viene con nosotros; no nacemos con ella, pues en origen nace como una intimidad compartida, no solitaria. Desde el principio llegamos a formar parte de la intimidad de nuestra familia: la compartimos con nuestros padres, con nuestras hermanas y hermanos. Es la expresión máxima de que somos con otros, de integridad y de pertenencia a un grupo. Con el crecer, vamos reclamando esta intimidad fuera del grupo familiar, hasta que incluso la desnudez resulta extraña con nuestros padres. Pero este camino hacia la intimidad personal es una ilusión que no dura muchos años. Para cuando somos lo suficientemente adultos como para desear la cercanía erótica con otro, ya estamos reclamando nuevamente aquel estado en el que nos sentíamos en sincronía desnuda y natural con otros; pero ahora deseamos esta compañía con un otro externo a la familia. Esta nueva necesidad de intimidad adulta, de íntima compañía, es la que llega a satisfacer ese otro que no se encuentra fácil y que, con frecuencia, llamamos pareja.

    Soledad social

    Comúnmente, las personas que se sienten solas no comprenden por qué se sienten así; con frecuencia, ni saben que se sienten así. Esto pasa porque en sociedad es escaso estar realmente solos, pues a menudo tenemos a los amigos, la familia o a los compañeros de trabajo cerca. Comprender que lo que se siente es, efectivamente, soledad requiere un trabajo introspectivo que no se logra fácil. «Pero, ¿por qué me siento sola si siempre estoy con mis amigos?», es una pregunta más común de lo que se podría creer.

    Sentirse acompañado no es necesariamente estar con otros. He escuchado a personas decir que se sintieron profundamente solas en una multitud o en una fiesta, rodeadas de amigos o familia. El sentimiento de soledad está más relacionado con la dificultad para expresar lo que se siente que con la cantidad de personas con quienes uno se relaciona, y surge al no poder ser emocionalmente ante otros. La soledad social se refiere entonces a no tener un grupo, bien sea familiar o amistoso, con quien compartir las emociones de la vida: las alegres o las tristes, las del día a día, las de la cotidianidad. Quienes se sienten solos de esta forma se sienten realmente solos cuando, además, tampoco tienen pareja. Ahora bien, la pareja muchas veces llega a suplir esta necesidad de compañía social, pero lo que he visto es que la falta de compañía social puede ser compensada por una pareja, mientras que la falta de pareja parece no compensarse con otras compañías.

    ¿Por qué no encuentro alguien?

    Las razones imaginarias

    Unos lo han intentado, han estado aquí y allá, con aquel o aquella, y parecen ya cansados de los intentos. Otros, al contrario, están cansados de no ser capaces de intentarlo. Así, y a veces a manera de tormento, comienza a surgir una pregunta: «¿Será que hay algo mal en mí?».

    ¿Será que estas personas no encuentran pareja por falta de ser interesantes, de tener belleza, sex appeal, carácter, personalidad, simpatía, extroversión, los dientes adecuados, el lóbulo de la oreja perfecto o las uñas correctas?

    Nada de esto está mal. Nuestros gustos a la hora de sentir atracción por alguien son tan amplios y diversos que realmente hay para todos. Las historias de parejas exitosas están llenas de «atracciones sorpresa», de ese «nunca imaginé que una persona así me fuera a gustar tanto». Esto tiene una razón fundamental: sentimos atracción hacia otro por aquello que nos parece bueno o nos gusta, y quien dicta esto —lo que es bueno— es el atraído, no el atractivo.

    Es fácil caer en el modelo social que dice qué es aquello que nos debería parecer atractivo, pero a la hora de la verdad, a la hora de sentir, ese modelo no es suficiente para tocar todas las fibrillas del gusto, la pasión y el enamoramiento. Se necesita mucho más que el modelo social para enamorarse. Aun con tanta influencia social respecto de lo que nos debe atraer, lo que es bello para unos no lo es para otros y viceversa. El gusto es construido a lo largo de la vida; está lleno de sutiles experiencias de satisfacción y una gran dinámica de placer y displacer. A lo largo de la vida vamos recopilando un sinnúmero de detalles que, con el tiempo, van configurando involuntariamente aquello que ha de llevarse nuestro corazón, o no. Es muchísimo más que un modelo social comercial que vende la belleza ideal para quienes puedan pagarla. Así que, si algo está mal en lo personal respecto a la dificultad para encontrar pareja, probablemente no es aquello que creen que está mal en sí mismos, pues esto está en gran medida determinado por el modelo social, y encajar en él no hará que alguien realmente se enamore de ti.

    Tener afán

    Lo que usualmente no está bien en las personas que sienten dificultad para encontrar pareja es la intolerancia para aguantar el proceso que implica la búsqueda del otro anhelado. Esta búsqueda está teñida de frustración para la mayoría; la frustración es natural en todo proceso de aprendizaje, así que debería sentirse normal. Pero las personas que están en este afán quieren que todo salga ya, no quieren intentarlo mucho y, en general, sufren de desesperanza. Todos hemos sentido esto en alguna medida cuando falta la pareja; la diferencia estaría en vivir esto con tranquilidad o no. Los chances de encontrar a otro con quien estar en afinidad son verdaderamente bajos, así que esto es una búsqueda que usualmente requiere de muchos intentos; hay que acostumbrarse a ello. Así que, por favor, chicas y chicos: intentarlo mucho es el secreto. No hay nada malo en eso; hay que insistir, ensayar y ensayar. «Till I get it right», hasta hacerlo bien, como dice Diane Schuur, cantante de jazz.

    ¿Para qué tipo soy yo el tipo?

    La mayoría de las personas están muy preocupadas por encontrar a la persona ideal, a su tipo perfecto. Esto plantea un problema, pues frecuentemente estas personas sí encuentran a aquel perfecto durante la búsqueda, pero resulta que ellas no son la pareja adecuada para el otro. Cuando pasa esto, el sentimiento de frustración y la creencia de que hay algo mal en ellas se refuerzan y, como consecuencia, aumentan la inseguridad y el temor a nuevos acercamientos. Así que la búsqueda no debe ser tanto una prioridad como trabajar en ser la persona adecuada para aquel que se busca. Nada ganas con encontrar al amor de tu vida si, a su vez, tú no eres el amor de la vida de aquel.

    Aquellas cosas que soñamos en el otro pueden ser, en gran medida, una guía para quien queremos ser. Entonces, en vez de esperar que el otro venga y te lo traiga, mientras tanto puedes trabajar en cocinar mejor, en tener el trabajo de tus sueños, en ser más deportista, en viajar más, en tener mejor humor, en ser más tranquila o más tranquilo, menos egoísta o más sincero. De paso, se trabaja en algo muy importante: tener más confianza y tranquilidad con lo que se es y, de paso, entender el propio valor. La cosa es ser la persona adecuada para cuando al fin llegue lo que se esperaba. Esta es la mejor preparación para construir buenas relaciones futuras.

    Por fin te encontré

    En la cúspide de la compañía

    Cuando por fin encontramos a un otro capaz de bajar todas nuestras barreras y, a la vez, abrir las suyas, nos adentramos en un mundo íntimo maravilloso. Aquel pequeño universo —y a la vez burbuja— donde incluso con pena o inseguridad somos lo que somos mientras vemos al otro hacer lo mismo. Este momento íntimo en la compañía con otro es lo que llamo la cúspide de la compañía. Es el grado más elevado de compañía que podemos encontrar en la vida. Es encontrar a un otro con quien la vida simplemente acontece como tiene que acontecer: felices, tristes, aburridos, sonrientes, decepcionados, cansados, ilusionados, sucios o muy limpios, con hambre o sin hambre. Es el momento en el que todo es posible con otro. Por estadística, lo encontraremos algunas veces en la vida. (Un estudio reciente en Estados Unidos dice que se encuentra 2 veces en promedio). Es el momento en el que la soledad desaparece, pues esto es la forma más elevada de compañía.

    Uno no se junta con otro para seguir siendo el mismo

    Una vez que la vida de uno se entrelaza con la de otro, surgen algunos problemas. Quizás el más revelador tiene que ver con el choque de identidades, el colapso entre lo que uno y otro son. Después de muchas horas escuchando a personas sobre sus dificultades de pareja, llegué a la conclusión de que entender esto es esencial para la vida en pareja: uno no se junta con otro para seguir siendo el mismo.

    Las relaciones plantean un mundo infinito de posibilidades alrededor de las dinámicas que las organizan. Habrá quienes lo intenten desde ser obstinados ante un otro calmado y sumiso; otros, desde el egoísmo ante un otro dadivoso. Estas actitudes se revuelcan, juegan y chocan en el encuentro. En medio de estas dinámicas, cada quien se resiste a perder su identidad, a dejar sus ideas o gustos más arraigados, a la par que está feliz de compartir y explorar lo que tiene en común. Pero juntarse con otros siempre demanda un poco de expansión, y es esto lo que termina siendo tan valioso de las relaciones. Nos volvemos un otro, pero no uno diferente, sino uno que se expande: un otro que es un poco más. Es justo esto lo que tanto extrañamos cuando alguien se va: extrañamos aquel que éramos cuando estábamos con quien ya no está.

    Pero en la base de esta expansión, de esta ganancia por estar con otro, también es necesaria una renuncia. Para poder tener eso tan bueno que el otro nos ofrece, tendremos que ceder un poco —o a veces mucho— en aquello del ser que se interpone para tolerar al otro. El tímido tendrá que aguantar para poder socializar con su nueva pareja, y a quien no le gusten los restaurantes le tocará ir de vez en cuando a uno porque a su pareja le fascinan. Pero una aclaración importante debe hacerse aquí: las relaciones que funcionan son aquellas en las que ambos son capaces de expandirse y ceder lo necesario para solventar los problemas de la vida cotidiana y de la relación.

    Así pues, luego de vencer las dificultades que trae dar con la persona indicada, comienza otro momento. Lo difícil no es estar solos; lo verdaderamente difícil —y que exige un desarrollo y aprendizaje constante— es aprender lo que hay que aprender para ser capaces de compartir la vida con otro.

    ***

    Por último, hay que tener claro algo: entender esto no es simplemente cambiar de estrategia o “intentar diferente”, porque lo que está en juego no siempre es evidente para quien lo vive. Muchas veces se trata de una forma de relacionarse que se repite sin que sea tan clara.

    Es posible que lo que aparece como una dificultad para encontrar pareja no tenga que ver únicamente con las circunstancias o con las personas que conoces, sino con algo más constante en la forma en que eliges, te vinculas o te retiras.

    Este tipo de patrones no siempre es evidente desde dentro, y rara vez cambia simplemente intentando hacerlo distinto.

    Así que si en algún momento te interesa entenderlo con más claridad y trabajarlo de manera más directa, puedes hacerlo en consulta:


    Versión narrada disponible

    Esta reflexión también puede escucharse en una versión narrada y ligeramente ampliada.

    Escucha una muestra y conoce más sobre la narración →


    La imagen usada en este artículo fue tomoda de Marc A. Sporys en Unsplash