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  • La dificultad para encontrar pareja

    La dificultad para encontrar pareja

    ¿Por qué buscamos pareja?

    Nunca hemos estado solos. Desde la prehistoria, nuestra existencia y supervivencia fue posible gracias a estar con otros y, en aquel entonces, la soledad significaba morir. Vivíamos en pequeñas comunidades y dependíamos de otros para el refugio, la alimentación y la protección contra amenazas. En la actualidad, la cosa no parece ser diferente: los estudios muestran que las personas solitarias son más propensas a la enfermedad, y quienes reportan sentirse solos también han tenido vidas más cortas comparadas con las de aquellos bien acompañados. Esta es una de las conclusiones del estudio más importante que se ha hecho sobre el desarrollo humano: “The Harvard Study of Adult Development”.

    Hoy no es raro que el temor a la soledad sea uno de los más comunes. Es posible que la biología y la evolución hayan reforzado a lo largo del tiempo ese miedo a estar solos, pues en origen estaría estrechamente asociado con la inexistencia y el miedo a ella. Entonces, si estar solos está del lado de la inexistencia, y para existir hay que estar juntos, podría decirse que nos juntamos por el deseo de vivir, de mantenernos vivos, de disfrutar, de hacer la vida. Pero es claro que no solo nos juntamos para no estar solos; también nos juntamos para hacer la vida mejor.


    Existen dos soledades que combatimos fuertemente. Ambas, a la vez que causan estragos, también nos motivan hacia la búsqueda de compañía: la soledad de grupo y la soledad de pareja.

    Íntima soledad

    La soledad por la falta de pareja es una soledad particular que llamo «íntima soledad», y se da, lógicamente, por la ausencia de compañía íntima. La intimidad, cuando adultos, en el sentido más básico, es aquello que somos cuando nadie más nos ve. Esta intimidad no viene con nosotros; no nacemos con ella, pues en origen nace como una intimidad compartida, no solitaria. Desde el principio llegamos a formar parte de la intimidad de nuestra familia: la compartimos con nuestros padres, con nuestras hermanas y hermanos. Es la expresión máxima de que somos con otros, de integridad y de pertenencia a un grupo. Con el crecer, vamos reclamando esta intimidad fuera del grupo familiar, hasta que incluso la desnudez resulta extraña con nuestros padres. Pero este camino hacia la intimidad personal es una ilusión que no dura muchos años. Para cuando somos lo suficientemente adultos como para desear la cercanía erótica con otro, ya estamos reclamando nuevamente aquel estado en el que nos sentíamos en sincronía desnuda y natural con otros; pero ahora deseamos esta compañía con un otro externo a la familia. Esta nueva necesidad de intimidad adulta, de íntima compañía, es la que llega a satisfacer ese otro que no se encuentra fácil y que, con frecuencia, llamamos pareja.

    Soledad social

    Comúnmente, las personas que se sienten solas no comprenden por qué se sienten así; con frecuencia, ni saben que se sienten así. Esto pasa porque en sociedad es escaso estar realmente solos, pues a menudo tenemos a los amigos, la familia o a los compañeros de trabajo cerca. Comprender que lo que se siente es, efectivamente, soledad requiere un trabajo introspectivo que no se logra fácil. «Pero, ¿por qué me siento sola si siempre estoy con mis amigos?», es una pregunta más común de lo que se podría creer.

    Sentirse acompañado no es necesariamente estar con otros. He escuchado a personas decir que se sintieron profundamente solas en una multitud o en una fiesta, rodeadas de amigos o familia. El sentimiento de soledad está más relacionado con la dificultad para expresar lo que se siente que con la cantidad de personas con quienes uno se relaciona, y surge al no poder ser emocionalmente ante otros. La soledad social se refiere entonces a no tener un grupo, bien sea familiar o amistoso, con quien compartir las emociones de la vida: las alegres o las tristes, las del día a día, las de la cotidianidad. Quienes se sienten solos de esta forma se sienten realmente solos cuando, además, tampoco tienen pareja. Ahora bien, la pareja muchas veces llega a suplir esta necesidad de compañía social, pero lo que he visto es que la falta de compañía social puede ser compensada por una pareja, mientras que la falta de pareja parece no compensarse con otras compañías.

    ¿Por qué no encuentro alguien?

    Las razones imaginarias

    Unos lo han intentado, han estado aquí y allá, con aquel o aquella, y parecen ya cansados de los intentos. Otros, al contrario, están cansados de no ser capaces de intentarlo. Así, y a veces a manera de tormento, comienza a surgir una pregunta: «¿Será que hay algo mal en mí?».

    ¿Será que estas personas no encuentran pareja por falta de ser interesantes, de tener belleza, sex appeal, carácter, personalidad, simpatía, extroversión, los dientes adecuados, el lóbulo de la oreja perfecto o las uñas correctas?

    Nada de esto está mal. Nuestros gustos a la hora de sentir atracción por alguien son tan amplios y diversos que realmente hay para todos. Las historias de parejas exitosas están llenas de «atracciones sorpresa», de ese «nunca imaginé que una persona así me fuera a gustar tanto». Esto tiene una razón fundamental: sentimos atracción hacia otro por aquello que nos parece bueno o nos gusta, y quien dicta esto —lo que es bueno— es el atraído, no el atractivo.

    Es fácil caer en el modelo social que dice qué es aquello que nos debería parecer atractivo, pero a la hora de la verdad, a la hora de sentir, ese modelo no es suficiente para tocar todas las fibrillas del gusto, la pasión y el enamoramiento. Se necesita mucho más que el modelo social para enamorarse. Aun con tanta influencia social respecto de lo que nos debe atraer, lo que es bello para unos no lo es para otros y viceversa. El gusto es construido a lo largo de la vida; está lleno de sutiles experiencias de satisfacción y una gran dinámica de placer y displacer. A lo largo de la vida vamos recopilando un sinnúmero de detalles que, con el tiempo, van configurando involuntariamente aquello que ha de llevarse nuestro corazón, o no. Es muchísimo más que un modelo social comercial que vende la belleza ideal para quienes puedan pagarla. Así que, si algo está mal en lo personal respecto a la dificultad para encontrar pareja, probablemente no es aquello que creen que está mal en sí mismos, pues esto está en gran medida determinado por el modelo social, y encajar en él no hará que alguien realmente se enamore de ti.

    Tener afán

    Lo que usualmente no está bien en las personas que sienten dificultad para encontrar pareja es la intolerancia para aguantar el proceso que implica la búsqueda del otro anhelado. Esta búsqueda está teñida de frustración para la mayoría; la frustración es natural en todo proceso de aprendizaje, así que debería sentirse normal. Pero las personas que están en este afán quieren que todo salga ya, no quieren intentarlo mucho y, en general, sufren de desesperanza. Todos hemos sentido esto en alguna medida cuando falta la pareja; la diferencia estaría en vivir esto con tranquilidad o no. Los chances de encontrar a otro con quien estar en afinidad son verdaderamente bajos, así que esto es una búsqueda que usualmente requiere de muchos intentos; hay que acostumbrarse a ello. Así que, por favor, chicas y chicos: intentarlo mucho es el secreto. No hay nada malo en eso; hay que insistir, ensayar y ensayar. «Till I get it right», hasta hacerlo bien, como dice Diane Schuur, cantante de jazz.

    ¿Para qué tipo soy yo el tipo?

    La mayoría de las personas están muy preocupadas por encontrar a la persona ideal, a su tipo perfecto. Esto plantea un problema, pues frecuentemente estas personas sí encuentran a aquel perfecto durante la búsqueda, pero resulta que ellas no son la pareja adecuada para el otro. Cuando pasa esto, el sentimiento de frustración y la creencia de que hay algo mal en ellas se refuerzan y, como consecuencia, aumentan la inseguridad y el temor a nuevos acercamientos. Así que la búsqueda no debe ser tanto una prioridad como trabajar en ser la persona adecuada para aquel que se busca. Nada ganas con encontrar al amor de tu vida si, a su vez, tú no eres el amor de la vida de aquel.

    Aquellas cosas que soñamos en el otro pueden ser, en gran medida, una guía para quien queremos ser. Entonces, en vez de esperar que el otro venga y te lo traiga, mientras tanto puedes trabajar en cocinar mejor, en tener el trabajo de tus sueños, en ser más deportista, en viajar más, en tener mejor humor, en ser más tranquila o más tranquilo, menos egoísta o más sincero. De paso, se trabaja en algo muy importante: tener más confianza y tranquilidad con lo que se es y, de paso, entender el propio valor. La cosa es ser la persona adecuada para cuando al fin llegue lo que se esperaba. Esta es la mejor preparación para construir buenas relaciones futuras.

    Por fin te encontré

    En la cúspide de la compañía

    Cuando por fin encontramos a un otro capaz de bajar todas nuestras barreras y, a la vez, abrir las suyas, nos adentramos en un mundo íntimo maravilloso. Aquel pequeño universo —y a la vez burbuja— donde incluso con pena o inseguridad somos lo que somos mientras vemos al otro hacer lo mismo. Este momento íntimo en la compañía con otro es lo que llamo la cúspide de la compañía. Es el grado más elevado de compañía que podemos encontrar en la vida. Es encontrar a un otro con quien la vida simplemente acontece como tiene que acontecer: felices, tristes, aburridos, sonrientes, decepcionados, cansados, ilusionados, sucios o muy limpios, con hambre o sin hambre. Es el momento en el que todo es posible con otro. Por estadística, lo encontraremos algunas veces en la vida. (Un estudio reciente en Estados Unidos dice que se encuentra 2 veces en promedio). Es el momento en el que la soledad desaparece, pues esto es la forma más elevada de compañía.

    Uno no se junta con otro para seguir siendo el mismo

    Una vez que la vida de uno se entrelaza con la de otro, surgen algunos problemas. Quizás el más revelador tiene que ver con el choque de identidades, el colapso entre lo que uno y otro son. Después de muchas horas escuchando a personas sobre sus dificultades de pareja, llegué a la conclusión de que entender esto es esencial para la vida en pareja: uno no se junta con otro para seguir siendo el mismo.

    Las relaciones plantean un mundo infinito de posibilidades alrededor de las dinámicas que las organizan. Habrá quienes lo intenten desde ser obstinados ante un otro calmado y sumiso; otros, desde el egoísmo ante un otro dadivoso. Estas actitudes se revuelcan, juegan y chocan en el encuentro. En medio de estas dinámicas, cada quien se resiste a perder su identidad, a dejar sus ideas o gustos más arraigados, a la par que está feliz de compartir y explorar lo que tiene en común. Pero juntarse con otros siempre demanda un poco de expansión, y es esto lo que termina siendo tan valioso de las relaciones. Nos volvemos un otro, pero no uno diferente, sino uno que se expande: un otro que es un poco más. Es justo esto lo que tanto extrañamos cuando alguien se va: extrañamos aquel que éramos cuando estábamos con quien ya no está.

    Pero en la base de esta expansión, de esta ganancia por estar con otro, también es necesaria una renuncia. Para poder tener eso tan bueno que el otro nos ofrece, tendremos que ceder un poco —o a veces mucho— en aquello del ser que se interpone para tolerar al otro. El tímido tendrá que aguantar para poder socializar con su nueva pareja, y a quien no le gusten los restaurantes le tocará ir de vez en cuando a uno porque a su pareja le fascinan. Pero una aclaración importante debe hacerse aquí: las relaciones que funcionan son aquellas en las que ambos son capaces de expandirse y ceder lo necesario para solventar los problemas de la vida cotidiana y de la relación.

    Así pues, luego de vencer las dificultades que trae dar con la persona indicada, comienza otro momento. Lo difícil no es estar solos; lo verdaderamente difícil —y que exige un desarrollo y aprendizaje constante— es aprender lo que hay que aprender para ser capaces de compartir la vida con otro.

    ***

    Por último, hay que tener claro algo: entender esto no es simplemente cambiar de estrategia o “intentar diferente”, porque lo que está en juego no siempre es evidente para quien lo vive. Muchas veces se trata de una forma de relacionarse que se repite sin que sea tan clara.

    Es posible que lo que aparece como una dificultad para encontrar pareja no tenga que ver únicamente con las circunstancias o con las personas que conoces, sino con algo más constante en la forma en que eliges, te vinculas o te retiras.

    Este tipo de patrones no siempre es evidente desde dentro, y rara vez cambia simplemente intentando hacerlo distinto.

    Así que si en algún momento te interesa entenderlo con más claridad y trabajarlo de manera más directa, puedes hacerlo en consulta:


    Foto de Marc A. Sporys en Unsplash

  • ¿Y en el desamor qué?

    ¿Y en el desamor qué?

    Qué hacer cuando se está en medio de una ruptura amorosa

    Hace unos años, como 15, en medio de la desesperación y del gran vacío en el pecho, cogí una bicicleta vieja y acabada, con la sutil intuición de que en ella mis penas se disiparían. Decidido a ir lo más lejos posible, me monté en ella, puse un tarro de agua y un par de bananos en una maleta pequeña, y creyendo valientemente que lo lograría, emprendí mi camino hacia San Félix (Para los que no son de Medellín: Medellín es un valle rodeado de montañas, para llegar a San Félix hay que subir la montaña completa). Era la primera vez que intentaba algo así, por lo cual mi aventura no duró mucho. En la primera loma larga que me encontré aún en la ciudad, sencillamente no pude más. Me tocó parar sediento y adolorido después de 20 minutos pedaleando hacia arriba. La cosa fue que, durante esos 20 minutos que intenté escalar al estilo del mejor ciclista colombiano, olvidé por completo la razón que me había puesto en semejante hazaña: Que ella se había enamorado de otro. 

    Así fue entonces, como aprendí a montar en bicicleta. Desde aquel momento y por unos 10 años, deambulé en bicicleta por aquí y por allá buscando sentirme mejor, no fue la cura definitiva, pero ayudó bastante. Entonces, qué hacer cuando pasamos por un desamor, aquí mi fórmula:

    Las culpas, los deseos, nuestra imaginación y sobre todo, ese profundo vacío en el pecho,  impide pensar con claridad en lo que hay que hacer. Pero lo mejor es lograr la practicidad, enfocarse de los problemas prácticos, en el trabajo, en que la vida sigue. «El trabajo es enemigo de cupido» dice Ovidio en el Arte de Amar.

    Moverse es quizás la manera más directa de afectar nuestra emocionalidad, necesitamos disponer de mucha energía mental para mover el cuerpo, bien sea de un lugar a otro, porque necesitamos desplazarnos, o porque estamos, por ejemplo, haciendo ejercicio. Lo cierto es que poner tanta atención el cuerpo libera el pensar, que también es muy demandante en términos atencionales. Al final, la mayor cantidad de atención se irá para quien más lo demande, así es cómo mover el cuerpo por lo general termina ganando. Es por esto que las noches encerrados en la habitación son tan tormentosas, y una caminada suele ser tan tranquilizante.

    En mi experiencia es más efectivo mover el cuerpo, caminar, hacer ejercicio, estar activo, pero trasladarse de un lugar a otro, parece que también tiene un impacto positivo, sobre todo en ese vacío en el pecho. Esto último no calma tanto el sentimiento típico de soledad, como hacer un esfuerzo físico, pero de todas maneras calma el pensamiento. Quizás ver pasar el camino (Digamos si vas en un bus, o en carro) distrae suficiente la atención como para que no se repose tanto en la pérdida. Igual, estos alivios son momentáneos, basta con que pase un segundo, después de parar, para sentir otra vez el peso y la angustia, pero en esto cualquier un rato de calma ayuda. Aquí el tiempo cuenta mucho, pues es este mismo, si te dejas doler lo que tengas por doler, lo que hará que te sientas mejor. Suelo decir a las personas con quien trabajo, que un desamor dura en su peor etapa, dos meses. Parece mucho y a la vez es poco, pero lo cierto es que pasa.

    Por último, quiero señalar que mover el cuerpo alivia por muchas razones. Pero la que más me gusta, la llamo «fuerza atencional». Para mantener el cuerpo en movimiento, en un lugar u otro, en esta o aquella postura, debes disponer de mucha voluntad. Esa tarea, la de poner la atención sobre el cuerpo, libera de trabajo al resto de procesos emocionales. Es justo esto lo que ayuda a descansar de toda esa angustia inquietante que sentimos cuando hemos perdió esa íntima compañía amorosa. Una emoción que no es para menos. Esta intimidad, esta sensación profunda de que podemos ser profundamente lo que somos, desde lo más animal, hasta lo más delicado con otro, es una emoción muy selectiva, solo nos la permitimos sentir con pocos en la vida. Muchas veces, en la ausencia de esta compinchería profunda, la vida es más difícil y hasta pierde sentido… pero tranquilos, tranquilas; es seguro que se encontrarán luego a otra persona para sentir así de maravilloso, si este es el verdadero deseo. Y además esta nueva persona, suele ser una persona que sentimos mejor, sobre todo porque con el tiempo y las experiencias nos volvemos también mejores.

    Así que ánimo, siempre habrá otras personas lindas por conocer… aunque tarden un poco en llegar. ​